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Mostrando las entradas etiquetadas como Mi querencia

Mi Querencia VII: Lucero del alba

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Listo. Ya está. Ya debo estar en camino a Vietnam. Si no lo estoy, y tengo internet, corregiré inmediatamente este post en las próximas horas. Si no lo corrijo, la próxima vez que escriba en este blog lo haré desde Vietnam. Me he ido porque estoy buscando al lucero de la mañana que Venezuela me prometió y murió sin poderme dar. Soy el amante que se va, en busca de algo que me alumbre los pasos. Lejos, lejos de esa callaaada soledad del monte, de arenales, de las dunas, de las montañas, del Ávila, de Coquivacoa y del río culebra infinita. No haré cantos de la Venezuela perdida en el tiempo, ya hice lo que tenía que hacer. La extrañaré mucho, y la llevaré conmigo, como la lleva consigo todo el pueblo nómada que somos, en que nos hemos convertido. Pero sépase, que aunque la luz se ha apagado y lo que queda en esa tierra es un no-estado, un no-país, no me he rendido en la idea de que, mira, podemos ser mejores. Y volveré con mejores armas para la lucha: construir un país ...

Mi Querencia VI: Sillas vacías

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Qué será, que cuando uno sale de último año de secundaria cree uno que se las sabe todas más una. Y esa una que sobra es la que te hace tan especial que, lo sabes, te vas a comer el mundo apenas empieces. Pero para qué empezar hoy, si hoy es celebrar que ya terminaste el último año, hace medio año ya, pero hay que seguir celebrando. Más o menos así comienzan las salidas de los que salen. Y todos salíamos, cuando salíamos mucho, sea a un lugar, a comer, a bailar, a escuchar música, o a casa de un pana. Esa última opción se ha vuelto ahora la sempiterna, la única, porque salir a cualquier otra parte a celebrar es medio suicida y poco también porque ya estamos viejos para la gracia –sí, ya sabemos que no somos especiales un carajo, que a lo mucho somos subespeciales, tan normales que somos a lo mucho una estadística, parte del rating-; pero antes no, antes estábamos jóvenes. E idiotas. Yo no me salvé de mis idioteces. Apenas al salir del colegio ya salía a lugares o casa de pana...

Mi Querencia V: La calle

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Siempre me llamó la atención el término “patear la calle”. A lo mucho se le podrá dar un pisotón, pensaba yo cuando chiquito, que lo escuché por primera vez. Se lo escuchaba a este tipo calvo y seriesón que salía en la tele y todo el mundo trataba como la persona más importante de Venezuela. El presidente Pérez, que pateaba la calle. ¿Y qué le había hecho la pobre calle? A mí me caía bien la calle. No veía razón para patearla. A ver, si corríamos mucho en ella. Cada tarde a las 3 después de terminar la tarea era hora de salir a jugar con los de la calle. Los muchachos. Neutro, que incluía muchachas también que eran parte de los muchachos pues. El escondite, el toquitoqui, cuidado al cruzar la calle, pelota, futbol, el bobo. Ya más grandes era sentarse en el muro a hablar, o jugar la botellita y pegar labios sin saber qué hacer. Nuestra propia versión de Charlie Charlie, los secretos y los empates. Carajo, qué bien me caía la calle. Lamentablemente me tuve que mudar a un edifi...

Mi Querencia IV: Los trabajos de mi madre

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No se graduó, como la mayoría de su generación. No le dio tiempo. Tuvo que trabajar desde muy temprana edad, a pesar del reuma, para poder ayudar a su familia a subsistir. Y así comenzó una interminable dinastía del sudor en la que ha pasado por distintas posiciones, algunas más aventajadas que otra. Que yo sepa, fue gerente de un matadero de pollo y distribuidora a nivel nacional. Cuando era niño la esperaba llegar, así fuera muy tarde en la noche, para que me viera antes de dormir. Entendía que llegara tan tarde: era una mujer muy ocupada y tenía muchísimo trabajo en una empresa de eventos que dirigía. Aún así, la esperaba para que me cantara esta canción que cuelgo al final. Ni idea de por qué me gustaba tanto esa canción. Durante mi adolescencia también fue gerente: dirigía el restaurante de lo que fue el Club Comercio, hoy Capitán Soda. Gracias a eso pude aprovechar de días y días de piscina que me tostaron aún más la piel. Poco después se encargó de los restaurantes de l...

Mi querencia III: Profe.

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Desde que la profe me amarró los zapatos por vez primera supe que esa mujer debía tener un acceso sobrenatural a todo el conocimiento del mundo conocido y por conocer. Crecí y me di cuenta, en mi adolescencia, que existen profesores malos, y luego conocí a los piratas; pero siempre hubo una que otra Nílibe, o Mario, o Vilchez que en la universidad me volvieron a amarrar los zapatos y mira, sí, ese acceso al universo del conocimiento que, qué loco, sí tienen.  Cuando elegí estudiar letras en la universidad fue porque quería ser escritor. Un cuento que todo el mundo me aplaudió cuando chiquito me hizo creer la mentira de que yo podía ser un escritor fantástico. Afortunadamente me di cuenta a tiempo que nada que ver. Que no tenía chance más que de contar buenos cuentos y amarrar con teipe una que otra frase.  El problema es que me di cuenta de esto ya cuando estaba en letras. Ya estando adentro, si no voy a ser escritor ¿qué carrizo iba a ser? Un par de años vacacionales...

Mi querencia II: Sapo

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Yo no quería ser Simón Bolívar en la obra de la escuela. Le tenía una especial renuncia a tener las patillas que, irónicamente, llevaría años después en mi adolescencia. Pero, hey, si Guillermo Griborio era Simón Bolívar, yo entonces quería ser Simón Bolívar. A todas estas, quien yo quería ser en verdad era Guillermo Griborio: la mejor nota del salón, y de paso, tenía a todos por amigos. Yo, que no entendía entonces de cuestiones socio económicas, no podía comprender cómo es que nadie quería ser mi amiguito. Ya, grande, me doy cuenta. No es que no querían, sino que yo no podía estar en sus clubes. Mi madre (sin mi padre), con mucho esfuerzo y sin una educación superior ni un gran trabajo, lograba alimentarme y, de paso, darme la mejor educación posible. Es por eso que pude estudiar en el Bellas Artes, con los hijos de los dueños de la ciudad, siendo hijo de Ana Morillo: para la ciudad, no mucho; pero para quien la conoce, la fuente de todo el guáramo.  Por eso quería ser Simón...

Mi querencia I

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No sé si este es el primer recuerdo que tengo que es así, tricolor. Pero es el que me viene a la cabeza ahora. Advierto que para poder contarlo tuve que pegarlo con cartón. Es un recuerdo roto. Mi madre me regaña por mirar al suelo mientras camino. Un día de estos voy a terminar por estrellarme contra un poste, como varias veces lo hice después. Pero en ese día no. En ese día caminábamos al carro, el cual tardó en arrancar. Entonces me parecía infinito, el espacio de la parte trasera, en donde iba solo. Me estiraba, acostado, y mis pies no alcanzaban la puerta. Miraba al cielo a través de la ventana, interrumpido de vez en cuando por un poste y sus cables, o por el techo de un puente en la autopista. Cruzaríamos el puente sobre el lago. Creo que es primera vez que lo veo. Lucero de la mañana. Se hace de día y la luz atraviesa un lago que, mira mamá, tantos barcos. Tantos barcos. Tardamos una eternidad de 30 minutos en cruzar el puente, que le da a mi mamá tiempo para cantar es...